Quise reírme. Esa era la pregunta perfecta del hombre equivocado. No “¿estás bien?”, no “¿quién te hizo esto?”, no “¿qué necesitas?”. Solo por qué no lo llamé para que él finge resolver lo irreparable.
—No había tiempo —respondí.
Leonor se acercó de inmediato.
—Hijito, lo importante es que ya estamos aquí. La pobre Sofía se alteró mucho por el vestido, pero eso no debe arruinar el amor.
La miré con un desprecio que ya no quise esconder.
—Necesito cinco minutos a solas con ustedes dos —dije.
Señalé una pequeña sala lateral. Mateo quiso protestar, pero lo silenció con la mirada. Entrada primero. Ellas me siguieron.
Cerré la puerta.
—¿Qué quieres ahora? —soltó Verónica, recuperando la arrogancia.
—Darles las gracias —respondí.
Las dos chocaron.
—Gracias por arrancarme la venda antes de que fuera demasiado tarde.
Leonor aguantó la mandíbula.
—No sé de qué hablas.
—Yo sí. Escuché perfectamente lo que dijeron en la cocina. Sé que fueron ustedes.
Verónica se puso roja.
—No puedes probar nada.
—No necesito probarlo para mí. Ya me bastó verlo en sus ojos.
Di un paso hacia ellas. Nunca me había sentido tan serena.
—Creyeron que iba a llorar, cancelar la boda y esconderme como una cobarde. Creyeron que podían romperme con unas tijeras. Pero me hicieron un favor. Me enseñaron lo que me esperaba en su familia: burla, control, veneno. Y también me enseñaron quién es Mateo de verdad. Un hombre incapaz de defender a la mujer con la que dice querer casarse.
Leonor dejó caer la máscara.
—Ni te atrevas a hacer una escena —siseó—. Hay gente importante afuera.
—Claro que la voy a hacer —respondí—. Solo que no será la escena que ustedes imaginaron.
Abre la puerta.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬