La mañana de mi boda amaneció con un cielo de plomo sobre la Ciudad de México, una llovizna fina pegada a los cristales y ese silencio extraño que tienen los días en los que una mujer cree que su vida va a comenzar de verdad. Yo me llamo Sofía Navarro, tenía treinta y dos años, era florista, decoradora de eventos y, hasta esa mañana, todavía creía que el amor podía vencer la cobardía. Me faltaba una hora para firmar en el registro civil de Coyoacán cuando abrí el armario, bajé la funda blanca de mi vestido y sentí que el mundo entero se me desfondaba bajo los pies.
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