—No me arruines la vida —le dije—. Me obliga a cambiarla.
Me miré largo rato.
—¿Eres feliz?
Pensé en Guadalajara. En mi trabajo. En la casa llena de plantas. En Alejandro esperándome sin presionarme.
—Sí —contesté.
Y esa vez no sentí culpa al decirlo.
Salí del hospital ligero. No feliz por él, ni triste por mí. Ligera. Como quien por fin suelta un equipaje viejo.
Volví a Guadalajara esa misma noche.
Alejandro me recibió en el aeropuerto con un ramo de nardos blancos. No me hizo preguntas de inmediato. En casa me preparó té, me escuchó cuando quise hablar y me dejó callar cuando quise callar. Fue en esa cocina, con la luz tibia de la noche y el cansancio del viaje encima, cuando comprendió que eso era amor adulto: no invadir, no competir con el pasado, no pedirte una versión más cómoda de ti.
Nos casamos un año después. Nada ostentoso. Registro civil, una comida pequeña, mis padres, unos cuantos amigos, sin vestidos blancos, sin show, sin falsas sonrisas familiares. Usas un traje color marfil y un ramo de dalias vino. Alejandro me miró como si el mundo se ordenara un poco al verme.
Dos años más tarde nacieron nuestros gemelos, Ana y Tomás.
Pasaron cinco años.
Mi estudio floral y el hotel crecieron juntos. Diseñamos eventos, restaurantes, casas, espacios culturales. Mi padre se recuperó bastante bien del corazón y mis padres venían a Guadalajara cada vez que podían. A veces mi madre se quedaba horas enseñando a Ana a amasar tortillas. Mi padre llevaba a Tomás a ver trenes y edificios viejos. Mi vida, esa palabra que tantas veces creí rota, había encontrado otra forma. Más fuerte. Más limpia. Más mía.
De Mateo súper poco. Que siguió viviendo con su madre y su hermana. Que dejo la bebida. Que consiguió un trabajo modesto. Que nunca volvió a casarse. Que su relación con ellas siguió siendo una jaula, aunque todos fingirieron que era compañía.
Un domingo de verano, caminando con mis hijos por un parque en la Ciudad de México durante una visita a mis padres, lo vi sentado en una banca. Estaba solo. Más viejo de lo que correspondía. Los niños jugaban cerca de la fuente y él los miraba con una expresión imposible de confundir: hambre de la vida que no tuvo.
Me acerqué.
—Hola, Mateo.
Levantó la mirada despacio. Tardó unos segundos en reconocerme.
-Sofía.
Miró a Ana ya Tomás.
—Son tuyos.
-Si.
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