Me quedé mirándolo.
En veinticinco años, si alguien organizó celebraciones fui yo. Víctor era el tipo de hombre que llegaba a la mesa puesta, criticaba el sazón del mole, preguntaba cuánto costó el vino y luego se llevaba el mérito si un invitado felicitaba la velada.
— ¿Todos quiénes? —pregunté.
—Pues todos. Tus amigas, los compañeros del trabajo, mi jefe, tu jefe, los vecinos, la familia. Una boda de plata no se cumple dos veces.
Su entusiasmo me pareció tan antinatural que me dio escalofrío.
Mientras él se terminaba el café, su celular se iluminó en la barra. No pensé revisarlo; bastó con que la pantalla se encendiera sola. Vi una notificación del calendario: “Llamar a R. 11:00”.
Nada más. Una R.
—¿Quién es R? —pregunté, finciendo indiferencia mientras recogía las tazas.
Víctor se volvió demasiado rápido.
—R? Ah… romano. Un proveedor de Monterrey.
Su ojo izquierdo tembló levemente.
Conocí ese tic desde que éramos novios. Cuando mentía, por mínimo que fuera, el párpado se le contraía como si el cuerpo no pudiera sostener del todo la farsa.
—Ah —respondí—. Qué raro, nunca te había oído hablar de él.
—Es algo nuevo —dijo, tomando las llaves—. Luego te cuento. Te amo.
Salió casi huyendo.
Me quedé sola con el ruido del refrigerador, el olor del café y una sensación espesa en el pecho. Afuera, octubre había pintado de gris el cielo de la ciudad. Los jacarandás ya no estaban morados; las banquetas tenían hojas secas pegadas al pavimento húmedo. Veinticinco años. Un cuarto de siglo al lado del mismo hombre. Una vida entera hecha de hábitos compartidos, recibos firmados, cumpleaños familiares, temporadas de frío, funerales, viajes cortos a Cuernavaca, intentos fallidos de ser padres y tardes en las que creí, sinceramente, que el amor también era esto: seguir.
Nos habíamos conocido en la universidad. Yo estudiaba contabilidad y trabajaba por las tardes en una oficina pequeña; él había llegado a dar una charla por parte de una empresa donde hacía prácticas. Tenía carisma, ambición, esa facilidad para hablar que arrastra a la gente. Me pidió un café, luego otro, luego al cine. Me hizo sentir elegida. Me decía que conmigo podía imaginar una familia, una casa con ruido, hijos corriendo por el pasillo. Yo le creí porque también lo deseaba.
Los hijos no llegaron.
Hicimos estudios. Tratamientos. Tés, vitaminas, consultas, peregrinaciones emocionales que solo conocen las parejas que esperan cada mes un milagro que no ocurre. Los médicos nunca encontraron una causa definitiva. “Inexplicado”, dijeron. Pero en la práctica, la culpa siempre se sienta junto a la mujer. Mi suegra nunca me lo dijo de frente, pero lo dejó caer tantas veces en forma de suspiro, consejo o comentario sobre “lo bonito que sería ver a Víctor como padre”, que terminó volviéndose un huésped fijo en mi cabeza.
Con el tiempo dejamos de intentarlo. Aprendimos a vivir sin hijos, o al menos eso pensé. Viajamos más. Trabajamos más. Ahorramos. Decora la casa. Él ascendió. Yo me volví indispensable en la empresa donde llevaba quince años. Parecíamos una pareja sólida, de esas que sobrevivían a la costumbre. Pero una cosa es sobrevivir y otra muy distinta es estar bien.
El timbre sonó a media mañana.
Era doña Teresa.
Entró sin esperar a que terminara de abrir, envuelta en su perfume de gardenias y su abrigo beige, como si la casa siguiera siendo territorio de su hijo y yo apenas una encargada doméstica con anillo.
—Elena, hijita —dijo con esa dulzura postiza que me daba ganas de lavarme las manos—. Vine a ver cómo vas con lo de la fiesta.
En veinticinco años, jamás me había llamado hija sin que hubiera algo detrás. Lo habitual era “Elena”, a secas, o “Elena, mija”, dicho con una voz tan tensa que parecía un reclamo envuelto en miel.
La hice pasar a la sala. Miró alrededor con el descaro de siempre, evaluando cojines, muebles y cuadros como si estuviera inspeccionando una propiedad antes de comprarla.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬