La noche de nuestras bodas de plata, el salón brillaba como si fuera una joya recién sacada del aparato. Habíamos reservado un restaurante elegante en Polanco, con candelabros de cristal blancos, manteles color marfil y arreglos de rosas que parecían hechos para una revista. Afuera, la ciudad seguía rugiendo con su tráfico y su humo, pero adentro todo era luz, copas alzadas y sonrisas falsas.
Yo llevaba un vestido azul oscuro que me había comprado en secreto dos semanas antes. No era un vestido para recuperar a nadie. Era un vestido para recordar quién era yo antes de convertirme en la esposa de Víctor Salgado: una mujer serena, inteligente, digna. Me había peinado con cuidado, me había puesto los aretes de perla de mi madre y me había prometido a mí misma que, pasara lo que pasara esa noche, no iba a romperme enfrente de nadie.
Los invitados ya estaban casi todos en sus mesas. Compañeros del trabajo, vecinos, primos, amigas de la universidad, dos tías viejas que todavía se persignaban antes de tomar vino, el jefe de Víctor, mi jefe, y, por supuesto, mi suegra, doña Teresa, instalada en la mesa principal como si aquella fiesta fuera un homenaje a su maternidad y no a nuestros veinticinco años de matrimonio.
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