En nuestro tercer aniversario me arrojó el divorcio por su primer amor enfermo… pero cuando descubrió que la mujer que despreció era la única capaz de salvarla y también la verdadera dueña de su pasado, ya era demasiado tarde para suplicar…

 

 

 

—¿Por qué no me lo dijiste? —me soltó—. ¿Por qué me ocultaste la verdad? La mujer de aquella noche eras tú, ¿verdad?

Lo aparté con fuerza.

—No se haga el protagonista de una tragedia que usted mismo escribió —le dije—. No se lo dije porque no necesitaba su responsabilidad. Ni antes ni ahora.

Parecía un hombre a punto de desmoronarse.

Me pidió otra oportunidad.

Me habló de error, de engaño, de arrepentimiento.

Y a mí me encontré la claridad con la que pude responderle.

—Su remordimiento llega tres años tarde.

Saqué del bolso la notificación del juzgado.

—Nos vemos el lunes a las nueve. Y no vuelva a tocarme.

Le cerré la puerta en la cara.

Pensé que esa sería la última escena.

Pero el destino todavía tenía una vuelta más.

Cristina, aterrada por haber sido descubierta, entró en un colapso fisiológico y emocional brutal. Su corazón, ya destruido, no soportó el estrés ni los residuos de la propia sustancia que había usado para tenderle la trampa a Alejandro. Entró en shock cardiogénico. La reanimaron. La estabilizaron apenas. Luego la situación se volvió terminal.

Aquella noche yo cenaba con Andrés y otros médicos en un restaurante francés del piso cincuenta de un rascacielos. Brindábamos por mi regreso. Por mis próximos proyectos. Por mi libertad.

Entonces sonó el teléfono de Andrés.

Puso el altavoz.

Era Alejandro.

No hablaba como magnate. Hablaba como hombre acorralado por la culpa y por la muerte. Suplicó que localizaran a la doctora E, que prepararan quirófano, que activaran todas las cláusulas, que aceptaba cualquier condición.

La mesa quedó en silencio.

Yo tomé el teléfono con la mano más tranquila que he tenido en años.

—Señor Aguilar —dije con mi propia voz, sin modulador, sin máscara—. No hace falta que grite. El electrocardiograma de la señora Serrano ya llegó a mi sistema. Ella misma destruyó su única posibilidad al administrarse una sustancia prohibida. La necrosis es irreversible. Ya no hay cirugía posible.

Al otro lado se hizo un vacío.

Supe, por la forma en que dejó de respirar, que por fin había entendido todo.

No solo que yo era la doctora E.

Sino que la mujer que él desechó, humilló y echó de su vida había sido también la única capaz de salvar lo que él creía amar.

—Rescindo el contrato —continué—. El depósito será devuelto mañana. Y, para que le quede claro, esto ya no es un asunto médico. Es el precio final de la codicia.

Colgué.

Y brindé.

No por la muerte de nadie.

Sino por el cierre de una historia que ya no me pertenecía.

 

 

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